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En la lectura durante la mañana sobre la orilla de cara al Atlántico

Posted in 5to Encuentro: 2da Parte on octubre 10, 2006 by Neftalí Cruz Negrón
Quinto Encuentro: Segunda Parte

Me quedé mirando el bloqueador solar, y luego quité la vista de él para posarla en su espalda: ecuación sencilla. En realidad, estaba turbado: mis manos en ella. Me puse a pensar si, a través del tacto, ella notaría mi entusiasmo o mi nerviosismo. O si el frote sobre su piel le revelaría cada sueño que he tenido con ella. Qué tal si de momento muestro mi afición de apretar la carne para dejar claro la intensidad del deseo. Sin poder dominar mis acciones, me encontré quitando la tapa del bloqueador, y justo cuando cayó una espesa gota blanca sobre su nuca, ella comenzó a leer el título del cuento…‘¡Feliz cumpleaños, Jay!’…—¡Basta de niñerías, Jay! Si no pones tus manos encima y me desnudas… ¡Lo haré yo misma! —con indignación enseguida colocó los pulgares entre la piel de la cintura y el tope del borde de la falda; pero antes de emplear el esfuerzo que se necesitaba para quitársela, algo la detuvo—: No desvíes la mirada, Jay… No seas cobarde.

Una reacción innata, tal vez promovida por algún vago concepto de honor, Jay volvió a dirigirle la mirada y la concentró directamente en los ojos de ella; él no quería mirar más allá de ellos… Existía la probabilidad de que se complicara el cuadro que se le iba presentando; finalmente dijo—: Siempre te he querido como a una hermana. Eso es todo, Dee. Es lo que hemos sido durante toda una vida… ¡Como hermanos!

—No seas tonto… ¡Trasciende, Jay! Somos adultos. ¡Madura, recapacita!

—Entiéndeme. Es tan claro…

—¡No lo es! Tienes que reconocerlo. Jay, nunca ha habido secretos entre nosotros. He notado cómo cambias cuando te hablo de mis intimidades. Titubeas…, tu mirada se pierde o no deja de moverse…

—Mientes…

—Sé que recreas las escenas mientras te confieso mis experiencias. He notado cuánto te tiemblan los labios antes de repetir dos veces la primera sílaba con la que empieza tu consejo…

—¡Mentira!

—Tu único secreto no has podido ocultarlo, Jay…: me deseas.

—Alucinas, y no voy a caer con tus…

—Por qué negarlo: me has deseado, ¡admítelo!

—Estás loca, Dee. Te repito: eres como una hermana.

—No te puedes mirar, pero… estás a punto de derrumbarte —dio varios pasos hacia Jay, que se encontraba en el centro de la sala. A espaldas de Jay, pegado a la pared, se encontraba el sofá anaranjado. Mientras se acercaba, Dee expresó ternura en el rostro, extendió las manos y las arrimó alrededor de las muñecas de él. Con toda la intención de infundirle vigor, o tal vez para convencerlo de su error o de confrontarlo consigo mismo, ahora apretándole los antebrazos, ella trató de animarle con un tono franco—: ¡Vive, Jay! Vive intensamente… Es lo que te falta… Lo que no haces…

—Dee, te conozco muy bien. Todo para ti es el momento, liberalidad. No soy ni seré un capricho de los tu…

—No eres un capricho… Tú has sido mi deseo desde… tanto tiempo.

—Por favor, no quiero escuchar más estupideces —trató de apartarse, mas ella apretó con más fuerza los antebrazos de Jay, atrayéndolo nuevamente ante sí. Su autoridad ejerció en él una sensación extraña, como si se encontrara dos escalones más abajo que ella, con la mirada sumisa y en alto ante su superior que le recordaba quién tenía el control y la experiencia en momentos de incertidumbre. El veneno de la debilidad comenzó a invadirle a Jay, cuando Dee deslizó sus manos desde donde estaban hasta los hombros, y de éstos hasta los trapecios. Después de varios segundos de silencio, los suficientes para que ella estructurara bien la medida de sus palabras, dijo con cierto temple y comodidad:

—Jay…, escúchame atentamente… Créeme… Te he contado mis placeres… —a partir de entonces, Dee decidió continuar despacio—. Para despertarte, Jay —colocó una de sus manos en la mejilla del joven—; para que entendieras que podías perderme en cualquier momento. Quería provocarte; que los celos crecieran en tu pecho e intentaras una iniciativa, un atrevimiento. Busqué ser una alta probabilidad, mostrarme sin dueño y que tú también podías apropiarte de mí. Pero sólo te empeñabas en estrangular lo que debías hacer.

—Dee, entiéndeme yo…

—Jay…, hoy cumples diecinueve… Quiero ser tu regalo… El máximo.

Jay volvió a retirar la mirada de los ojos de Dee para tenderla en el suelo, y descubrió unos pies pequeños, bien cuidados y calzados con unas sandalias verdes. Se preguntó si Dee se sentiría a gusto al tener la piel tan presionada por las tiras de cuero que se entrecruzaban más arriba del tobillo. Jay comenzó a levantar la mirada, pero esta vez evitó observarla como un celaje. Al contrario, fue levantando los ojos sobre Dee con detenimiento, quizá quería ganar un poco de tiempo para pensar bien las cosas, o tal vez esperaba que su propia sombra le diera una palmadita de apoyo en la espalda y le susurrara su aprobación, de que celebrara su noche, en desvelo entre aquellas piernas blancas hasta la mitad de los muslos que ahora veía, que dejara atrás el decoro y atravesara el umbral de la piel, igual que la pantalla de plata enganchada en el ombligo de Dee, perfectamente redondo y sombreado por la profundidad. Por otra parte, en todo momento Dee no perdió el trayecto demorado de la observación que le daba Jay; hasta se convenció que él era suyo cuando éste pernoctó sus ojos por varios segundos en la carne que se asomaba por el escote de la blusa. Por fin se encontraron las miradas. Y Jay, como era su costumbre, dijo lo primero que se le reflejó en la mente—: Dee…, es hora que te vayas de mi casa.

Pasó un breve y agrio silencio, en el que Dee preparó su respuesta:

—Me cuesta creer que en estos momentos ahogues tu valor. Entiendo: te paraliza el fracaso. El que no hayas tenido mujer hasta ahora, no te da derecho a actuar sin hombría.

—Dee, repito: vete…

—Te duelen mis palabras —le tomó la barbilla, y meneó la cabeza—; no sabes nada, Jay…. Y quiero que sepas que no me iré… Tendrás que echarme a patadas.

—¡Maldita sea! —Jay sabía que Dee tenía razón, que él no podía echar de la casa a su única amiga, desde la infancia, a quien amaba casi como a una hermana. En cambio, Dee adjudicó la ‘maldición’ a una posible debilidad o cambio de opinión en Jay, además de adjudicarla también como una victoria, la que reforzó en ella la seguridad que por unos instantes había perdido:

—Me tienes… Consúmete en la experiencia. No te quites vida —Jay abrió un poco la boca para decir algo, pero Dee le apagó las palabras—. Te amo. Quiero amarte. Además, Jay…, quiero tu virginidad.

—Dee, no digas locuras, te lo supli…

—Jay, sabes que nunca he estado con uno. Quiero experimentar tu torpeza, tu tiento…, saber cuáles serán tus primeras palabras —ahora la voz de Dee se convertía en una caricia que adormece—. Quiero guiarte, aclarar tus dudas. Igual como lo hicieron conmigo.

—Estás loca.

—Déjame sentir la intensidad de la primera rociada —Jay comenzó a flaquear y ahora miraba la boca de Dee—. Riégame con ella —Jay enmudeció ante la estampida de imágenes que al instante se agolparon en la cabeza mientras la escuchaba—. Inúndame, Jay… Sabes de lo que hablo.

No había duda de la potencia en las palabras de Dee, tan insinuantes capaces de doblarle las rodillas a cualquier hombre.

—Escúchame, Jay —Dee llevó las manos hacia los hombros y dándole una pequeña sacudida, aconsejó con energía—; deslígate del pasado. Bórralo. Hazlo… por mí…—Dee comenzó a darle pequeños besos bajo el mentón—; hazlo… Vamos…

—No puedo… Está mal… —Jay se sentía soñoliento por cada beso diminuto que ahora recorrían por su garganta; la indecisión apagaba sus negativas—. Eres como… una her… ma… —la voz disminuía en cada sílaba. Y Jay cerró los ojos sin saber cómo…

—Eso tranquilo…—sin dejar de besar el cuello de Jay, Dee bajó sus manos hasta el pecho, y comenzó a acariciarlo, como si tratara de aliviarle de un dolor agudo que ha sobrevenido de repente—. No abras tus ojos. No te asustes, Jay. Te voy a besar… Déjate besar y sólo siente… percibe los cambios, escucha tus latidos, cómo se agita la respiración, disfruta cómo la sangre te corre, sé sensible y siente… y cuando quieras…, tómame de la cintura y acércame a ti…

Dee se sorprendió de cuán rápido Jay acató sus directrices. Y él no sólo llevó sus manos hacia la cintura blanca, sino que la apretaba a intervalos y sin control en la fuerza ejercida por sus dedos. Dee aprovechó y despegó su boca, la que segundos antes mordisqueaba a simulacros el cuello del joven, y comenzó a acercarla a Jay mientras le recordaba en susurros que descargara su instinto primitivo e inexperto contra ella toda la noche; pero antes de posar sus labios en los de Jay, Dee se detuvo y él abrió los ojos… Les había llegado a cada uno un olor irrefutable. Segundos después, escucharon el girar del pomo de la puerta. Ambos volvieron las cabezas en dirección hacia la puerta principal. Alguien que ellos conocían muy bien entraría oportuna o inoportunamente. Por fin se abrió la puerta, y el aire que oscilaba fuera entró dentro de la casa y trajo consigo el olor peculiar, intensificando el aroma por la sala; ellos aguardaron para constatar la figura de quien sabían que aparecería…, del único posible… Lo primero que les apareció fue el relieve de una barriga, y luego un zapato ancho adjunto a una pierna gruesa, la que utilizó para impulsarse y dejar a la vista la silueta de un cuerpo desbordado, a punto de explotar. Desde sus entrañas Dee lo maldijo…, y deseó convertirse en repelente para rociar con su veneno a aquel insecto obeso y desproporcionado que había llegado a destiempo. Por otra parte, Jay vio la intromisión del espectro de su hermano como una salvación. Seguramente, su presencia acabaría con las posibles complicaciones de la noche.

Tee, el hermano de Jay, se había vuelto hacia la pareja. Ésta ahora lo veía claramente: su pelo corto, y siempre despeinado, una frente estrecha adherida a una cara redonda con unas mejillas exageradas y una papada elástica y colgante que suplantaba el cuello, en fin, todo ello daba la impresión de ser un cara sintética, un experimento producido por los avances o los errores de la ciencia. Sin observarlo bien, carecía de orejas, pero las tenía porque de ellas se apoyaban unos espejuelos rectangulares con cristales muy gruesos, que detrás de éstos dejaba ver los surcos horizontales de unos ojos reducidos por la presión de la carne de los párpados y los pómulos. Tenía una barbilla pequeña y ovalada, igual que la boca, cuyos labios hinchados y brotados hacia fuera simulaba una boca que había sido golpeada y partida frescamente. En realidad, costaba creer que él apenas había cumplido los veintiuno.

Tee ocultaba su pecho de mujer madura con una ancha camisa azul de botones amarillo, que por diseños tenía numerosos círculos de distintas tonalidades de rojo; llevaba puesto un pantalón largo color marrón, cuyo bolsillo delantero estaba abultado, como si llevara dentro una veintena de canicas. Y precisamente de ese bolsillo delantero, y tanto de su boca como de todo su cuerpo, emanaba ese olor universal y distintivo, que momentos antes había detenido la boca de Dee y abierto los ojos de Jay.

Ahora estaban frente a frente acompañados de un silencio dedicado a descubrir o a explicar qué estaba pasando. El hermano de Jay dedujo qué implicaba la postura de dos cuerpos tan cerca, por lo que sus ojos se agrandaron un poco a través de sus anteojos con cristales gruesos. Metió la mano izquierda en el bolsillo delantero del mismo lado; la dejó adentro varios segundos mientras hacía sonar lo que a la distancia parecían canicas; luego sacó la mano del bolsillo y dejó ver claramente que entre el índice y el pulgar cargaba un óvalo de chocolate con capa verde, y se lo llevó a la boca. Por último, sin dejar de mover la mandíbula dijo con un tono punzado de sarcasmo:

—¿Interrumpo? —sonrió burlonamente y el estiramiento le duplicó el tamaño de las mejillas.

Ante la ironía con que había formulado la pregunta, la pareja dio un paso hacia atrás, distanciándose tal vez sin quererlo. Tee caminó a zancadas hacia ellos, haciendo retumbar el suelo. Cojeaba, debido a que estaba lastimado de una rodilla, por haber apoyado en ésta la mayor parte de su peso. Mientras se acercaba se intensificó el olor a chocolate. Tee pasó por detrás de Jay y se sentó en el sofá anaranjado. Una vez sentado, y aprovechando la ventaja de estar a un nivel inferior que la pareja, fijó rápidamente su escondida vista en la cremallera de Jay, y lo notó abultado; de esta forma recopiló la evidencia número uno con la que comenzaba a aclarar su sospecha de un ‘juego previo’.

Tee rompió el silencio que perduraba en la sala, cuando recordó un detalle: —¡Ah! Perdón… ¡Feliz cumpleaños, Jay! Como puedes ver…, te debo el regalo — y extendió las manos con las palmas hacia arriba, como tratando de evidenciar que definitivamente no escondía algo. De pronto, cambió de tema, y sin dejar de mover la mandíbula ni dejar el tono mordaz recordó otro detalle—. ¡Ah!, también por cierto, olvidaba otra cosa, Dee… Iba caminando por la calle cuando por casualidad vi a Quiu, que pasaba en su BMW. Él se detuvo unos instantes… Te envía saludos… Me contó lo bien que la pasaron juntos. Dijo que eres una excelente… amiga. ¡Ah!, y te pido que aclares de una vez las cosas con Eich. No hace más que verme, y deja sus tareas para contarme cuánto delira por ti.

Sumida en un repentino y sincero odio, Dee maldijo al hermano de Jay, pero esta vez quiso su muerte al instante. Entre ellos nunca habían podido apaciguar la guerra. Dee entendió que Tee tramaba otro de sus ataques directos provocados por la envidia y la venganza. Pero, de hecho, ella necesitaba con urgencia desviar el tema, así que optó por llevar el asunto a un plano más personal…, circundante a su complejo—: Tee, te recuerdo que eso no te importa. Y, por favor, no tortures a los demás con tu pestilencia. Podrías contagiarlos. Por el contrario, dedícate a abarcar menos espacio, y a dejarnos más aire limpio.

Tee ocultó su furia con una media sonrisa, la misma que dejó ver partículas de colores incrustados entre sus dientes. Movió la mandíbula, como buscando triturar lo que estaba acostumbrado. Simultáneamente estiró las piernas y echó su enorme cuerpo hacia atrás, para que le fuera más fácil meter la mano en el bolsillo delantero y extraer del mismo, en esta ocasión, un óvalo de chocolate con capa roja. Después de depositarlo dentro su boca, la mandíbula comenzó acelerarse con movimientos circulares. Pasado varios segundos, mientras se disminuía la velocidad de la quijada, Tee calculó la próxima movida:

—¿Qué dices a todo esto, Jay? ¿Acaso no vas a defender a tu hermano?

Jay sacudió la cabeza y sonrió silencioso. No podía creer que volvía a enfrentarse con alguien que nuevamente ponía en entredicho su hombría. Antes de responder, Jay se dedicó a jugar a las expresiones con el rostro, simulando que analizaba la situación como se debía en tales casos. De momento, Jay se volvió hacia Dee con una mirada intensa, con brillo en los ojos. A raíz de su irresistible toque femenino y sus insinuaciones apabullantes, Dee no dudo de salir airosa en la refriega que comprometía los aspectos de la carne y la sangre. Ya se veía acalorada y sudorosa ante la fricción inexperta y sin modales de Jay, que seguía mirándola preciso, abalanzado a constituir un pacto eterno. Pero Jay, acostumbrado a no emplear esfuerzo en la búsqueda de soluciones, como era su hábito, dijo lo primero que se le reflejó en la mente—: Dee…, es hora que te vayas de mi casa.

Dee palideció aún más, reluciéndole el negro de su pelo; atónita, se volvió fugaz hacia Tee, y vio que éste perfilaba una sonrisa triunfante y que burlonamente había sacado su lengua color de barro, la que siempre daba la impresión de ser una lengua sucia o coagulada. Lento, Dee miró a cada uno y se le revolvió el estómago, quizá de coraje, de verse menospreciada, de ser parte o de encontrarse entre la escoria; cabía la posibilidad de que sus náuseas fueran causadas por el olor empalagoso impregnado tan cerca de ella, o de capitalizar que sus encantos habían sido deshonrados por la deficiencia de hombría. Por fin controló las náuseas y dijo fúnebremente—: Me has traicionado, Jay. No puedo creer que después de tantos secretos…, me deseches, y me pagues con esta vil actuación. Eres lo peor que he conocido. No eres un hombre, y sí un miserable.

Agachó su rostro, y se ordenó a salir de la casa. En el breve trayecto había decidido desaparecer para siempre…, sin haber sido el regalo de Jay. Pero justo cuando se encontró entremedio de los hermanos, dándole a cada uno su perfil, Dee se detuvo para mirar a Jay por última vez. Él la miraba con unos ojos brotados, que expresaban cierto temor. Jay sabía que su amiga de la infancia era capaz de hacer cualquier cosa. A Dee le pareció la cara de Jay, inexistente. Ella determinó que había sido herida por un perfecto tonto. No podía creer que la carencia de valentía en un hombre le frustrara el deseo genuino de manejar a un virgen en su cumpleaños, al único que ella quería. Se fijó en los ojos de Jay, parecían que estaban a punto de soltar incontables lágrimas. Dee tuvo impulsos arrebatados de maltratarlo, de bofetearlo y a golpes llevarlo a la cama para que aprendiera a ser hombre. Y pensando en esto, a Dee se le enrojeció el rostro, comprimió los labios, arrugándolos, como aguantando una estampida de insultos; frunció el ceño y apenas sus ojos se veían a través de las pestañas; encendida en cólera, sus extremidades comenzaron a temblar, una fuerza desquiciada la dominaba; y sin que los hermanos tuviesen tiempo para reaccionar, o para dictaminar amenazas o regaños, Dee se deshizo de la blusa y la falda. (Su blanquísima desnudez se facilitó por la ausencia de ropa interior.) Ahora su cuerpo desnudo era sostenido por las sandalias verdes con las tiras de cuero entrecruzadas más arriba del tobillo. La falda todavía estaba encima de los pies. Como si diera pasos para subir escalones, Dee dejó plantada la falda en el suelo. Con la punta de la sandalia, simulando una leve patada, la alejó de su peso.

Después de posar secamente la mirada en los ojos de Jay, Dee bajó la cabeza para inspeccionarse cada uno de sus senos. Luego levantó una pierna, y descubrió a una hormiga que zigzagueaba desde la rodilla hacia el muslo. Dee sonrió ante la probabilidad de que esa pequeña que corría por su carne tuviese más arrojo que un hombre. Pero aún así no le perdonó la vida. Luego, Dee abrió las manos, y comenzó a delinearse con ellas su figura.

La sala estaba desierta de palabras. Los hermanos estaban perplejos ante la primera mujer desnuda que habían visto en su vida. Muy excitado por lo que veía, y con una agilidad de la que nunca había gozado, Tee se metió la mano izquierda en el bolsillo delantero y sacó un puñado de óvalos de chocolates; los engulló y comenzó a masticar sin control. Tee, al estar sentado en el sofá, apreciaba a Dee más de lo que podía su hermano.

Dee le envió a Jay la última mirada, en la que acumuló todo su rencor y desprecio que sentía hacia él. Y con un giro sorpresivo, Dee le dio la espalda. Se inclinó hacia Tee, a quien se le engrandecieron los ojos y no pudo ocultar un horrible ahogo, como si le faltara el aire. Cuando Dee por fin desabrochó el pantalón y le bajó el cierre de la cremallera, sin mediar palabras, Tee volvió a estirar las piernas y echar su cuerpo hacia atrás, esta vez para ayudar a Dee a liberarse del pantalón y su ropa interior. Después, Dee, con mucha delicadeza, colocó una rodilla y luego la otra encima de los enormes muslos de Tee. Jay vio cómo su hermano extendió las manos y, sin calcular la fuerza, las llevó salvajemente contra el trasero de Dee, que reaccionó echando su cabeza hacia atrás a la vez que dejó escapar un gemido del que no se podía precisar si era de dolor o placer. Tee ejercía más presión, y Dee se contorsionaba por el hormigueo que recorría en su cuerpo. Cuando Tee apartó las manos para buscar los pechos de la que había sido su enemiga, Jay vio un tono rosado en los glúteos de ella, una mancha rojiza similar al tamaño de las palmas de las manos de Tee.

De repente, Jay se percató que hubo quietud en los cuerpos. Dee comenzó a susurrar algo. Jay no podía observar la cara de Tee, debido a que la espalda, los glúteos y la suela de las sandalias verdes de Dee tapaban cualquier expresión de su hermano. Fue meritorio que Jay diera varios pasos hacia delante y diagonalmente hasta que pudo vislumbrar la cara de su hermano… Nunca lo había visto de esa forma. Por primera vez vio que sus ojos estaban completamente abiertos y su mandíbula quieta; asentía sin cesar con la cabeza, definitivamente estaba de acuerdo con todo lo que le dictaba Dee; respiraba agitado, como si tratara de recuperar el aire perdido luego de haber corrido un tramo largo. Jay interpretó sin dudas que era el rostro temeroso de la primera vez, o los gestos que piden clemencia, que exigen al verdugo delicadeza y de su maestría en cómo despejar el miedo y aminorar el sufrimiento. Por último, su hermano cerró y apretó los ojos. Dee llevó su mano más abajo del vientre de Tee. Jay notó que había encontrado lo que buscaba, porque Dee no tardó en apoyarse con las rodillas y elevarse un poco. Tee abrió los ojos, sin poder borrar el reflejo del pánico en su rostro. Dee mantenía su mano escondida cuando empezó a descender lentamente. Tee emitió un gritó entrecortado y horrible, no se sabía si era de dolor o de un súbito terror. Ya se había acabado el ‘juego previo’, ya era el momento de…, ya era el momento de…, ¿de qué, Poeta?

—Te había advertido que no lo había terminado. Pero ¿qué tal te pareció el cuento?

—Pensándolo bien…, mejor le dejo la parte de los comentarios a tus ‘Fantasmas.’ Ya tú sabes lo que pienso de tu escritura.

—Pero en cuanto a… si yo puedo ser… el re…

—¡Jamás! Hace falta mucho para destronar a Emilio del Carril, el rey indiscutible del cuento erótico.

—Lo sé, lo sé. Sólo experimentaba a ser tan grande como él.

—Bueno, Poeta, ya te di mi parecer. Qué tal si me viro y me aplicas el bloqueador solar. ¿Qué dices?

—Qué otra cosa te puedo decir…

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