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En la cena durante una tarde en el Viejo San Juan

Posted in 3er Encuentro: 3ra Parte on mayo 5, 2006 by Neftalí Cruz Negrón

Tercer Encuentro: Tercera Parte

Nos interrumpió la moza, quien nos trajo la comida…Una vez puestos los platos sobre la mesa, le dije ‘Buen provecho’, y la Mujer de Boca Grande me autografió con la tinta de sus labios una sonrisa niña, la que me remontó al recuerdo de la primera vez que anhelé un beso suyo, un poco antes del encuentro de En una noche en el jardín de las miradas.

Se irguió con elegancia; en dos movimientos leves con la cabeza, manejó su pelo lacio y castaño y lo acomodó encima de su espalda nívea, arropada de amapolas blancas. Me aturdía ver cómo su piel nacarada no oscurecía la melena de su boca gitana, egipcia o india…, ni sus ojos verde-amarillos eran capaces de opacar su boca clásica, modelo y envidia de todas las culturas. Era un hecho: su boca grande se imponía a todo atributo de su cuerpo. Cómo la hubiere descrito Neruda, si hubiese visto su boca. Por eso la contemplaba sin descanso, y mi mente no se rendía en recitarle entre corcheas innumerables ‘te amo.’

Cogió el tenedor; cerró los ojos; comenzó a murmurar silenciosamente: rezaba. Y de nuevo quedé estupefacto ante aquellas columnas de labios, que se flexionaban a la deriva; y pasó por mi mente que ella solicitaba al Todopoderoso que desatara su dilema, para que por fin yo pudiera abrazar el cuerpo de su boca grande, y a su vez, ella pudiera dejarse ceñir la cintura de sus labios libremente.

(Nunca la había visto comer, qué experiencia.) Fue la primera que comenzó la mecánica de llevarse la comida a la boca. De la nada mis neuronas comenzaron a devanear: tuve en cuenta que el alimento, que tenía servido frente a ella, iba a disfrutar de la boca por la cual deliro; no podía creer que lo que había en aquel plato esperaba con ansias ser devorado por la Mujer de Boca Grande, por su boca caudalosa, torrente vivo del Amazonas.

Pacientemente, con el temple de artesana, amontonó una porción considerada en el tenedor, lo elevó y lo llevó hacia sí; ella abrió las garras de su boca y atrapó con facilidad lo que había elegido devorar. Presionó los labios y asfixió el utensilio plateado con todo su contenido, la mina de sus ojos de oro se concentraron penetrantes en los míos, y ella, sin dejar de mirarme, comenzó a extraer el tenedor con delicadeza, quedando éste lustroso y lleno de placer.

Quedé atolondrado, pero eso no fue todo: ella, sin quitar sus ojos mostaza de los míos, comenzó a masticar… tan moderada, tan divina, tan adrede. Quedé enajenado ante las ondulaciones de sus labios voluptuosos; ella los comprimía, los escondía, y los volvía a mostrar… prominentes. En esos instantes quise convertirme en aquel manjar que enriquecía los confines de su boca, quería ser aquel aperitivo que se erosionaba dentro del laberinto de su boca grande. Empecé a sentir latidos en la cabeza, me ensordecía el corazón. Cuando, de repente, sentí un doloroso pellizco en la mano y un ‘¡Deja de estar mirándome, y ponte a comer!’ Tal delicioso regaño, me sacó de la locura; pero siguió comiendo, y no por eso dejé de sufrir entre cada bocado que ella degustaba.

Durante la cena dialogamos sobre asuntos cotidianos, de trabajo, literarios y no faltaba, para reírnos un poco, el criticar a los que estaban alrededor nuestro (no volvimos hablar sobre nosotros). Terminamos de cenar, y justamente al salir del restaurante, el dorso de su mano derecha se juntó con el dorso de mi izquierda. Las mantuvimos inseparables por todo el camino. Llegamos a su carro; abrió la puerta; se acomodó en el asiento; le cerré la puerta; ella bajó el cristal para despedirse:

—Gracias por todo, Poeta. Encantada nuevamente.

—No tienes que agradecer nada —me incliné para contemplarla por última vez, y vi su boca gloriosa que incitaba a besarla.

—Imagino lo que piensas. No sé qué decirte; no sé qué hacer, Poeta —su cara sobresalió un poco—. Lo que sé es que ahora… es un momento de un beso…

—De despedida, definitivamente —dije con resignación.

—Beso de despedida…, pero no definitivamente…

No entendí lo que quiso decir; solamente, cerré mis ojos. Sentí su mano detrás de mi cuello, y que me presionaba y me conducía hacia ella. Supe que su rostro estaba muy cerca del mío, porque su respiración la sentí sobre mi nariz… En un momento dado, sentí el peso de sus labios mullidos en cada uno de mis párpados, y luego, después de varios segundos, sentí un roce fugaz en mis labios; no pude creerlo y abrí mis ojos…

—Yo quisiera tener tus ojos, Poeta. Siempre tiendes a ver un poco más allá. Me gustaría saber cómo ves las cosas ahora —dijo con una sonrisa magna, movida de niña traviesa.

No pude más, y me reí de su ocurrencia. Nos dijimos ‘adiós’, ‘nos mantenemos en contacto’… ‘Será hasta la próxima’…

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