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En una tarde en el viejo San Juan

Posted in 3er Encuentro: 1ra Parte on abril 22, 2006 by Neftalí Cruz Negrón


Tercer Encuentro: Primera Parte

Desperté y lo primero que evocó mi mente fue un ‘la amo, quiero verla hoy.’ No me importaron las responsabilidades, y me dirigí al lugar donde ella trabaja. No sé si se incomodará de verme tan inoportunamente; le tendré que explicar que me dejé llevar por el rastro de su perfume, el que grabé al inhalar su hombro, el mismo hombro desnudo que mi nariz palpó tibio y terso; el mismo hombro que condujo a mi olfato hacia la raíz de su cuello esbelto, el que me moría por besarlo, y no pude. Ahora estoy al pie de estas escaleras, mirando el reloj, impaciente que ella aparezca para invitarla a cenar. A ella misma… la Mujer de Boca Grande, mi musa, mi tanto, mi todo.

Después de varios minutos, ella salió acompañada de una amiga. Sonreía con esos labios eminentes teñidos de almíbar. De pronto, se percató de mi presencia, quedó sorprendida por un instante (lógicamente: no me esperaba allí). Sonrió exquisita (y todos los que estaban a su alrededor dedicaron de su tiempo para admirarla), imagino que ella pensó algún detalle sobre mi sana locura. Susurró algo al oído de la amiga, y ésta tomó otro rumbo.

Bajó las escaleras con el cuidado y el refinamiento de una princesa (creo que lo hizo a propósito), para que disfrutara de su pasarela, para que yo cartografiara la geografía de su cuerpo, para que mis ojos se ensimismaran en la simétrica curvatura de sus caderas medianas, para narcotizarme con el desplazamiento de sus piernas perfectas y sensuales. Entretanto caminaba hasta mí, el viento invisible le peinaba el cabello, y no pude resistir en desviar la mirada para fijarme en su boca grande, la que se acrecentaba descontrolada, la que imaginé que venía decisiva e impetuosa, con el poderío de avalancha, para sepultar mis labios con esa boca Antártica, imperio de inagotables nevadas.

—¡Poeta! ¿Qué haces aquí? —me dio un beso sonoro en la mejilla, y luego me abrazó de una forma como nunca lo había hecho. Fue un abrazo pausado, casi eterno, como si no quisiera que terminara.

—Vine para invitarte a cenar —dije mientras ella presionaba aún más mi espalda con sus manos.

—Pues… tú decides en dónde —me contestó sutilmente bien cerca del oído.

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