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En la ínsula del Taller Ce

Posted in 2do Encuentro on abril 14, 2006 by Neftalí Cruz Negrón


Segundo Encuentro

Estoy en la primera silla junto a la barra, y llevo más de media hora que la espero, y no llega. El dueño del Taller C, Héctor Manzano, escritor, músico y cantautor amigo mío, se incomoda de verme mirando tanto tiempo hacia la puerta. Y mientras me sirve en una fina copa vino tinto, ‘¿A quién esperas?’, me preguntó con ese tenor tono. ‘Espero a una amiga; por ahora… a una simple amiga… Francamente… a una porcelana de mujer a quien esperaría por la mañana de veinte siglos, o contaría del Sahara cada grano de su arena, convertiría mi impaciencia en una diáspora de tortugas o enfrentaría una caballería de tornados y tormentas. Y Manzano al escuchar esta melodía poética dijo con fervor: ‘Por fin voy a ver a tan famosa mujer que te ha inspirado tanto… esperas a la Mujer de Boca Grande.’ ‘Sí, te prometí que la traería; sabes que siempre cumplo con mi palabra’, le respondí. ‘Ya llega, hombre… calma’, me alienta con su voz particular.

Decidí abandonar la barra y me senté cerca de la tarima para escuchar a los intérpretes y fijarme en el laberinto de los acordes de guitarra. No hay duda que el Taller C tiene un fondo sublime. Miré hacia el techo y noté que las bombillas eran las causantes de iluminar de violeta al lugar. De momento, mi vista se nubló porque alguien tuvo la picardía de ubicarse detrás de mí y de taparme los ojos. ‘¿A que no sabes quién soy?’, pero no reconocí la voz e insistí varias veces que no sabía. Cuando me destaparon los ojos, quedé desconcertado porque la encontré sentada frente a mí, con esa boca gigante pincelada de acuarela.

Sonrió majestuosa, me tomó la mano, abrigué la de ella con las mías, se levantó, enarboló su cordillera de labios y me besó cerca de la boca. Mi mirada cayó al vacío y quedé tenso como cuerdas de violines. ‘Nos vemos nuevamente, poeta’, dijo radiantemente coqueta. ‘Soy poeta desde que te conocí. Antes, nunca lo había sido. Mis últimos versos no surgirían, si no fueras tú.’, le contesté, pero no me creyó y enfatizó: ‘Eres poeta, y punto.’ Jamás discutiría con ella porque la quiero, tranquila, en calma, para toda la vida.

Entre miradas y sonrisas juguetonas, comenzamos a dialogar de cosas sencillas: de cómo nos sentíamos, qué habíamos hecho durante el día, sobre cuán adelantados iban nuestros cuentos y novelas (también ella es escritora); de vez en cuando nos reíamos al criticar algo curioso de alguien. En un momento oportuno ella me felicitó por la simpatía que había ganado The Talio’s Blog, y aprovechó para decirme que le había encantado las imágenes y la narración tan hermosa y cuidada de En una noche en el jardín de las miradas. ‘Me sigues sorprendiendo’, fueron sus últimas palabras.

Un instante de silencio fue suficiente para contemplarla: su pelo castaño se extendía libre hasta su pecho. Adornaba en su garganta esbelta un collar que entrelazaba piedrecillas rojas. Vestía un ceñido traje rojo intenso, que dejaba al desnudo el horizonte de sus hombros, y rápidamente imaginé que me daba permiso para olerlos, y que me nutría del perfume que dormitaba en ellos. Igualmente roja estaba su boca estratosférica, galáctica como siempre. Embriagado de ensueño le dije: ‘Necesito decirte algo’. El semblante me cambió, lo noté por el rostro de ella. Motivada por la curiosidad, comenzó a acercárseme. Y comencé a marearme al ver esa boca marina, cuya marejada de labios quise besarlos ya de una vez. Totalmente preocupada, posó su mano en mi antebrazo, ‘¿Qué te pasa, poeta?’, me preguntó. Cuando iba a expresarle mi desvivo de besar su boca grande, ella colocó su índice en mis labios, y detuvo de mis palabras. ‘No tienes que decir nada. Te he leído, poeta. Lo sé todo.’ Delineó su boca grande una sonrisa primorosa, y dirigió su brazo detrás de mi cuello, me atrajo hacia ella, me dio un cálido abrazo, y mi olfato se adueñó de la fragancia que perfumaba en su hombro.

Luego de terminado el abrazo, me tomó de las manos y se despidió: ‘Gracias por invitarme a este especial lugar; yo elegiré el próximo. Eres muy dulce, poeta. Cuídate. Encantada de volver a verte.’

Y vi la sombra de su silueta desaparecer, como si la noche se escondiera dentro de la luna; y no pude encarcelar dentro de mis párpados, los cometas, que con trayectoria arrebatada, comenzaron a surcar por mis mejillas.


Imágenes: Arte en vidrio, por Martiña Reyes
Local: en el segundo nivel de Plaza las Américas, al lado de Sears

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